Por Mariano Arancibia
Hay cosas que uno entiende después de que pasan. No porque en el momento no sepa lo que está viviendo, sino porque mientras está ahí adentro no tiene la distancia necesaria para acomodar lo que sucede.
El tiempo, tal como dice Kant es una forma de sensibilidad, un molde mental que nuestra mente pone obligatoriamente para poder ordenar y entender cualquier experiencia, tiene esa costumbre de ordenar lo que nosotros dejamos desparramado, saca lo accesorio, rescata un detalle que habíamos pasado por alto y, de repente, hace caer la ficha.
Esa ansiedad sanamente infantil de estar esperando que llegue la hora de salir. Luego la ruta, llegar a las inmediaciones y ver a la gente llegando de todos lados. Tal vez esa sensación es de las mejores.
Después, cuando pasan unos días, cuando uno vuelve la rutina y la vida empieza otra vez con sus horarios, sus problemas y nos exige a que pensemos siempre en lo que viene, ese momento resulta fugaz. Y entonces uno empieza a entender que quizás todo aquello tenía más sentido del que parecía tener en ese momento.
“Hice un lugar en el refugio de mis sueños / y guardé ahí mi tesoro más preciado”.
Hay canciones que uno escucha durante años y que, sin embargo, recién mucho tiempo después consigue entender de verdad. No porque haya cambiado la canción, obviamente, sino porque cambió uno. Y porque algunas frases necesitan que la vida pase por encima para terminar de revelar qué querían decir.
Como decía, viajar para ver una banda es una de esas cosas que cuesta explicar a quien nunca lo hizo. Desde afuera parece una locura bastante innecesaria: gastar plata, dormir poco, hacer una fila interminable, meterse entre miles de personas y después emprender el regreso con el cuerpo pidiendo cama – ahí uno valora lo que la cama de uno.
Nos pasamos demasiado tiempo tratando de que todo tenga una utilidad. Trabajamos para conseguir algo, estudiamos para conseguir títulos, ahorramos para más adelante, hacemos planes para el año que viene y, mientras tanto, dejamos pasar el día que tenemos delante como si fuera apenas un prelogomeno de algo que no sabemos que va a venir.
Siempre hay algo después, que en definitiva si uno no es Patrón Costas o Isasmendi(por mencionar a dos apellidos iconicos de la oligarquia), es llegar a trabajar para pagar las cuentas. Y así podemos terminar «viviendo» una vida entera esperando que empiece la vida.
Por eso el rock tiene algo que a esta altura me parece bastante más importante que la música misma, aunque la música sea el eje. Cada tanto, por lo menos a mí, y supongo a varios miles más, consigue sacarnos de esa lógica. No arregla el país, no paga las cuentas, no cura las tristezas y tampoco hace desaparecer los problemas que uno, con su miseria humana, dejó sin resolver. Sería bastante ingenuo pedirle semejante cosa a una banda.
Pero durante unas horas consigue que dejemos de pensar en el futuro. Viejas tradiciones orientales, insisten de distintas maneras en algo que hoy parece casi revolucionario: estar donde uno está, sin vivir permanentemente apurado en el futuroque viene ni atrapado en lo que ya pasó.
Ahí está el pequeño milagro. Uno está ahí, nada más. No está pensando en el lunes, ni en la plata, ni en el trabajo, ni en lo que tendría que haber hecho ayer. Está cantando una canción que conoce desde hace veinte años junto a alguien que probablemente no vuelva a ver nunca, pero que en ese momento parece entender perfectamente por qué esa canción importa.
Y eso es bastante parecido al aquí y ahora del que hablan los budistas, solo que en versión argentina, con tan solo una guitarra eléctrica. Eso fue Jujuy y se repite cuando toca la banda nacida de Mataderos.
Más de 20 mil personas llegaron desde distintos lugares del país. Desde mucho antes de que se abrieran las puertas, la ciudad empezó a llenarse de colectivos, banderas y remeras negras.
Dicen los datos oficiales que la capacidad hotelera estuvo cerca del cien por ciento y el impacto económico fue estimado en unos cinco millones de dólares, una cifra importante que sirve para explicar lo que un acontecimiento de estas características puede mover.
El show
Pasadas las 21, se apagaron las luces y La Renga apareció con “Buena ruta hermano”, seguida por “Motoralmaisangre”, “Nómades” y “Tripa y corazón”. Chizzo, Tete, Tanque y Manu Varela pusieron en marcha una maquinaria que lleva décadas recorriendo el país, pero siempre impactante.
Cuando sonó “Paja Brava”, se escuchó que “la tierra no se vende” y subieron al escenario los integrantes de Los Caprichosos de Tilcara. Durante unos minutos, La Renga y el carnaval jujeño dejaron de ser dos cosas separadas y se mezclaron en una misma escena, como si la banda hubiera entendido que tocar en Jujuy no consistía simplemente en llegar, montar un escenario y tocar sus canciones, sino en entrar, aunque fuera por un rato, en una historia que ya estaba ahí.
Después vinieron “La balada del diablo y la muerte”, “En el baldío”, “Bien alto”, “Cuando vendrán”, “El ojo del huracán”, “El juicio del ganso”, “El viento que todo empuja”, “Oscuro diamante” y “La razón que te demora”, hasta que llegó el tramo final con “El revelde”, “El final es en donde partí” y “Hablando de la libertad”.
Chizzo contó que “Lo frágil de la locura” nació durante un viaje que hizo con Tete a Jujuy en los años 90. La libertad de la que habla La Renga no necesita ser entendida como una gran teoría política. El tiempo se lleva casi todo.
Se lleva costumbres, conversaciones y hasta partes de nosotros que alguna vez creímos permanentes. Por eso quizás una de las pocas libertades que nos quedan consiste en elegir qué momentos vamos a defender de ese desgaste inevitable.
El recital, entonces, es el tesoro que nos queda después. Queda la ruta. Queda el amigo que fue. Queda la voz rota al día siguiente. Queda la imagen de una ciudad llena de gente con remeras negras. Queda el paisaje visto mientras para muchos el musculo duerme y la ambición descansa.
Leí alguna vez en un libro Aberlardo Castillo, un cita de Rilke, que dice que todo depende en la vida con vivir una «primervera sagrada que colme el corazón de tan luz que baste para transfigurar todos los días venideros». Creo que viajamos para busca ese sentido.

