El Estadio Delmi de Salta volvió a confirmar que cada visita de Ciro y los Persas es mucho más que un recital: es un ritual colectivo.
Con entradas agotadas y un público que mezclaba generaciones, la banda liderada por Andrés Ciro Martínez ofreció un show intenso, emotivo y con una narrativa musical que recorrió todas sus etapas.
La noche en Salta tenía ese aire tibio que se pega a la piel incluso después de que cae el sol. Afuera del Estadio Delmi, la previa ya vibraba: grupos de amigos compartiendo cerveza, remeras gastadas de Los Piojos, banderas que parecían haber recorrido años de rutas y recitales. Se sentía en el ambiente una ansiedad alegre, como si todos supieran que lo que iba a pasar adentro no era un show más.
Desde temprano, el clima en las inmediaciones anticipaba lo que vendría. Pero fue cuando se apagaron las luces que el Delmi se transformó en una caldera. El arranque fue directo, sin rodeos, con temas bien arriba que marcaron el pulso rockero de la noche y generaron los primeros pogos en campo.
Uno de los primeros picos emocionales llegó con “Antes y Después”, donde la voz de Ciro quedó prácticamente absorbida por un coro masivo. La conexión con el público fue inmediata y constante, un ida y vuelta que no se quebró en ningún momento del show.
El bloque medio encontró su punto más sensible con “Me Gusta” y “Caminando”, dos canciones que bajaron la intensidad física pero elevaron la emocional. Con miles de luces encendidas, el estadio se convirtió en un cielo artificial mientras el público acompañaba cada palabra con una precisión conmovedora.
También hubo lugar para la nostalgia piojosa. Cuando sonaron temas heredados de Los Piojos, la reacción fue visceral. “Tan Solo” y “Verano del 92” se sintieron como himnos generacionales, cantados con una mezcla de euforia y memoria. Ahí, más que en ningún otro momento, se vio cómo conviven pasado y presente en la identidad artística de Ciro.
En términos sonoros, la banda se mostró sólida, ajustada y potente. Las guitarras tuvieron protagonismo constante, con riffs filosos y climas bien construidos, mientras la base rítmica sostuvo la intensidad incluso en los pasajes más melódicos.
Sobre el cierre, el show volvió a escalar. “Astros” y “Ciudad Animal” desataron uno de los momentos más enérgicos de la noche, con todo el estadio saltando de manera sincronizada. El final llegó con sabor a poco para un público que no dejó de pedir “una más”, prolongando la despedida entre aplausos, silbidos y cánticos que continuaron incluso después de que la banda dejara el escenario.
El paso de Ciro por Salta no solo reafirmó su vigencia, sino también su capacidad de generar experiencias colectivas profundas. En el Delmi no hubo espectadores: hubo protagonistas de una noche que combinó rock, memoria y emoción en partes iguales.

