Por Mariano Arancibia
Todo el fenómeno siempre fue, y creo que con el paso del tiempo seguirá siendo, una gran incógnita. Ya el hecho de que la banda se llame Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota resulta, desde el principio, un tanto confuso y, sin embargo, lo tenemos tan incorporado que parece algo completamente natural. Ese gran cúmulo de confusiones que representan, contienen, me parece, algo inmante: la existencia de una propuesta artística de enorme nivel.
Decía que pasarán los años y probablemente siga siendo difícil explicar por qué el Indio terminó convirtiéndose en una de las figuras más convocantes, algo que, en teoría, no debería haber ocurrido teniendo en cuenta los criterios habituales por los cuales los artistas se convierten en ídolos.
Pese a que sus letras eran crípticas, llenas de imágenes fragmentadas, personajes ambiguos, referencias literarias y escenas que parecían escritas para ser descifradas más que entendidas, todo eso resultó infalible para penetrar no solo en las mentes desgarradas sino también en los círculos intelectuales.
Desde luego, había mucho de la tradición beatnik en todo eso, algo de Kerouac, de Burroughs y de Ginsberg, aunque también había algo profundamente argentino. Solari, si bien no escribía como José Hernández en el Martín Fierro, ni como Discépolo en la primera mitad del siglo XX, ni como Homero Manzi, a su manera representaba lo que vivíamos en este lado del mundo.
Su formación universal, cosmopolita y atravesada por lecturas que rara vez formaban parte del equipaje cultural de un músico popular argentino terminó hablando de cuestiones profundamente locales sin nombrarlas jamás. No necesitaba mencionar barrios, ciudades o calles para describir el país, sino que lo hacía lateralmente, por aproximación, como si la Argentina apareciera reflejada en un espejo roto.
En esos primeros años, en medio de la dictadura militar, entre las performances teatrales y una formación musical que parecía no reconocer fronteras, cuyo origen por esas cosas del destino tuvo a Salta como epicentro, convivieron influencias de Lou Reed, Bob Dylan, los Rolling Stones, Frank Zappa y King Crimson.
La proto misa ricotera se fue cocinando de manera subterránea, a fuerza del boca en boca, mientras desarrollaba una identidad única. Cuando llegaron los años ochenta, aquel universo dejó de ser una pequeña cofradía para consolidarse dentro de un under que empezaba a redefinir el rock argentino, momento en el que ese surrealismo ricotero comenzó a expandirse a través de letras absurdas, imágenes deliberadamente ambiguas y una búsqueda sonora que en Gulp! Sonaba como la vanguardia new wave y ciertos climas oscuros, mientras que en Oktubre encontraron una sonoridad más sombría y tensa, cercana al pospunk, que luego derivaría en formas más clásicas del rock and roll sin perder nunca del todo esa extrañeza que terminó convirtiéndose en una marca propia.

¿Cómo hizo un escritor tan críptico para transformarse en un fenómeno de masas? Ni Saborido, ni Grimson- para mencionar algunos- ni ningún sociólogo clásico parecen haber encontrado una respuesta definitiva, y mucho menos creo tenerla. Las canciones del Indio nunca buscaron una comprensión lineal sino algo mucho más complejo: obligaron a pensar, a completar sentidos y a participar activamente en la construcción del significado.
Por eso, cuando uno escucha hablar a quienes lo siguieron durante décadas, rara vez encuentra explicaciones académicas; encuentra vidas. Las canciones siempre aparecen asociadas a una experiencia personal, a una derrota, a una amistad, a una historia de amor o a una madrugada, porque cada uno terminó llenando esos espacios vacíos con algo propio y construyendo una interpretación singular de aquello que el Indio apenas sugería.
Sin bajar línea ni simplificar, obligando al público a hacer su propio recorrido, consiguió la respuesta que vimos estos días y que fue cimentándose durante décadas, razón por la cual reducir a Los Redondos, como a muchas otras bandas que explotaron en los noventa, simplemente a una banda de rock siempre me resultó insuficiente.
Para mí fueron una mezcla de lecturas, fútbol, militancia difusa, amistad, barrio, viajes, discusiones filosóficas a las tres de la mañana y, por supuesto, recitales; una especie de educación sentimental que difícilmente alguna institución pudiera ofrecer y que terminó moldeando a generaciones enteras.
Fueron algo más parecido a un movimiento, y los movimientos, como suele ocurrir, sobreviven a sus líderes. Quizás por eso, cuando la estructura se volvió gigantesca, los conflictos terminaron girando alrededor del poder, de la administración de los negocios y de los límites de la convivencia, aunque incluso hoy cueste creer demasiado en las traiciones, porque la vida rara vez funciona de manera tan simple y todo parece más bien la historia de un ciclo que se agotó sin que ninguno de sus integrantes encontrara una salida.
Y aun así el fenómeno siguió, algo que también resulta extraordinario, porque a casi un cuarto de siglo de la separación Los Redondos, y continúan presentes de formas diversas: en Los Fundamentalistas llenando estadios, en Skay convocando multitudes sin apoyarse exclusivamente en el repertorio ricotero, en La Kermesse recuperando una parte fundamental de aquel sonido y también en decenas de bandas que, cada una a su manera, siguen dialogando con esa tradición, como La Renga, aunque desde otra impronta y otra simpleza.
Ninguna nostalgia alcanza para explicar semejante persistencia, del mismo modo que tampoco alcanza para explicar por qué nuevas generaciones llegan a esas canciones sin haber vivido la dictadura, los años ochenta, el menemismo ni la explosión cultural que acompañó el crecimiento de la banda y, sin embargo, siguen encontrando algo ahí.
Tal vez ese sea el verdadero misterio, el mismo que seguirá generando preguntas: cómo una obra deliberadamente compleja, escrita contra todas las lógicas del mercado, terminó convirtiéndose en el movimiento cultural de masas más del país. Creo que las pistas deben encontrarse en que para estar vivo hay que conmoverse y esa prosa con un sonido tan impactante conmovieron a la gente de bien, como uno.
Me quedo, para cerrar estas ideas relativas y parciales, con un fragmento de una entrevista publicada en El Porteño hacia fines de los años ochenta, revista de la que luego surgiría Cerdos & Peces, dirigida por Enrique Symns, presentador inicial de la banda, y espacio donde incluso el propio Indio escribió. Aunque con miedo de ejecutar tamaña aventura, me sigue sonando atractiva la definición sobre el asunto que muchos piensan y se encuentran en el arco que va desde mediados de los 60 hasta hoy.
“Un rocker es alguien que se mece por la vida. No tiene plan. Es un tipo que ha vivido la cultura del rock y que ha participado de las experiencias que esa cultura propició. A partir de ahí caben mil definiciones, pero la mejor es que justamente no pueda ser definida (…) Un rocker está sujeto a la situación urbana en que vive. A partir de ahí uno denuncia cosas. A mí me interesa el rock como música que nació de las clases oprimidas (…) Los rockers fuimos tipos de clase media que, en vez de seguir una carrera universitaria, buscamos una manera alternativa de vivir».

