El rosarino protagonizó un emotivo reencuentro con el público salteño. Con una generosa formación de músicos, nuevas versiones de sus clásicos y una explícita reverencia a la obra de Manuel J. Castilla y Gustavo “Cuchi” Leguizamón, Fito Páez volvió a demostrar por qué sus canciones forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones.
Hay conciertos que se sostienen en la espectacularidad y otros que encuentran su verdadera dimensión en algo mucho más difícil de conseguir: la emoción. El regreso de Fito Páez a Salta perteneció decididamente a estos últimos.
Desde el comienzo quedó claro que no sería una noche indiferente al lugar que lo recibía. Páez abrió el recital con “Maturana”, en una explícita reverencia a dos figuras esenciales de la cultura salteña, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Manuel J. Castilla, artistas por los que el rosarino ha manifestado reiteradamente su admiración. Fue una manera elegante y profunda de entrar en territorio salteño: no simplemente nombrándolo, sino reconociendo una tradición musical y poética fundamental para la cultura argentina.
A partir de allí comenzó a desplegarse un concierto de enorme riqueza sonora. Fito llegó acompañado por una formación generosa, con vientos, coros, teclados, bajo y batería, una estructura que le permitió vestir de nuevos colores canciones que el público conoce casi de memoria.
Y allí estuvo uno de los grandes méritos de la noche. No se trató simplemente de reproducir los clásicos tal como fueron grabados décadas atrás. Hubo arreglos, matices, cambios de intensidad y un notable trabajo orquestal que permitió volver a escucharlos desde otro lugar, conservando su identidad pero otorgándoles una nueva vitalidad.
Por el escenario fueron pasando canciones de distintas épocas de una obra extraordinariamente extensa. “11 y 6”, “Al lado del camino”, “El amor después del amor”, “La rueda mágica”, “Brillante sobre el mic”, “Ciudad de pobres corazones”, “A rodar mi vida” y “Mariposa tecknicolor” fueron construyendo un recorrido que, más que una sucesión de éxitos, funcionó como un viaje por varias décadas de música popular argentina.
Cada canción provocaba un reconocimiento inmediato. Bastaban unos pocos acordes para que el público supiera qué venía después y comenzara a cantar. Y en ese intercambio se borraba por momentos la distancia entre escenario y platea.
Uno de los momentos especialmente cálidos llegó con “Dale alegría a mi corazón”. Allí, incluso la batería terminó incorporándose al juego de las voces, transformando prácticamente a toda la banda en un gran coro. La escena resumió buena parte del espíritu del espectáculo: músicos tocando, escuchándose, acompañándose y disfrutando de una canción que hace mucho dejó de pertenecer exclusivamente a su autor.
Porque eso también quedó expuesto durante el concierto: buena parte de la obra de Páez ya pertenece al cancionero popular argentino.
Canciones como “11 y 6”, “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, “El amor después del amor” o “Mariposa tecknicolor” consiguieron algo reservado a unas pocas composiciones: desprenderse de la época en que fueron creadas y acompañar después la vida de varias generaciones.
El público no asistió solamente para escuchar a un artista interpretar su repertorio. Fue también a reencontrarse con una parte de su propia historia. Y respondió cantando, emocionándose y celebrando cada uno de esos clásicos.
Más tarde llegaría otro gesto de cercanía. Páez volvió a ratificar su afecto por estas tierras y llegó a decir que sentía que tenía “parientes en Salta”. La frase encontró inmediata complicidad entre los presentes y terminó de darle forma a una noche atravesada por una genuina sensación de pertenencia y reencuentro.
Hubo, sobre todo, música.
Música tocada en vivo, con respiración, matices, pequeños riesgos y pulso humano. Algo que adquiere un valor particular en tiempos en los que buena parte de nuestra experiencia musical cotidiana llega procesada por pantallas, algoritmos y producciones de precisión casi quirúrgica.
Sobre el escenario hubo músicos dialogando entre sí y canciones que volvieron a transformarse frente al público. Y enfrente hubo una sala dispuesta a completar aquello que sucedía arriba: cantar, recordar y emocionarse.
El resultado fue un reencuentro emotivo entre Fito Páez y el público salteño, pero también algo más amplio: la celebración de una obra que ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo sin convertirse en una pieza de museo.
Fito volvió a Salta, reconoció a sus maestros, renovó sus canciones y encontró del otro lado un público dispuesto a recibirlas nuevamente.
Y durante unas horas ocurrió ese pequeño milagro que todavía conserva la música en vivo: muchas personas distintas respirando, cantando y emocionándose al mismo tiempo alrededor de una canción conocida.
El regocijo, finalmente, de comprobar que los grandes clásicos siguen vivos cada vez que alguien vuelve a tocarlos y alguien, enfrente, vuelve a cantarlos.

