sábado, septiembre 26, 2026
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    Si escucho menos rock no significa que te quiera menos

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    Por M.A.

    El jueves tiene algo de viernes, aunque todavía falten unas cuantas horas de entrega al yugo. La semana parece terminada, pero al otro día hay que levantarse, trabajar, cumplir con lo que toque y volver a empezar; aun así, 150 salteños prefirieron fingir demencia ante el influjo imponderable y paralizador de la vida cotidiana.

    Desde luego, no fue muchísima gente, pero sí estuvieron los viejos, distinguidos que distinguen nuestra escena y, pese al tiempo, no se baten en retirada, sumado a nuevas camadas ávidas que, a su modo, viven hoy lo que es salir a recitales.

    Todo gracias a la prolijidad a la que nos tiene acostumbrados, el imprescindible Edu Pecce, nacido con el dorado don de armar la movida de manera desinteresada para que todos los que estamos en medio de los indómitos cerros podamos disfrutar lo que, en la nebulosa hereditaria y comercial impuesta, nos resulte, por lo menos, menos complicado acceder.

    La banda, nacida en el 2009, llegó después de cuatro años sin tocar en Salta, con la excusa de presentar Yendo rápido a ningún lugar, lanzado en vivo en el C Art Media, lugar enorme para nuestros parámetros, y con una gira que incluyó fechas en Europa y distintas ciudades del país, sonó como si estuviera tocando para una multitud.

    El reciente disco terminó siendo apenas una parte de la noche, porque aparecieron por supuesto canciones de los primeros años. “Luchador de Boedo”, “Fiesta en el barrio” y “Vamos a destruir”, que fueron levantando la noche y, mientras avanzaban las canciones, las primeras filas empezaron a moverse, primero con algunos saltos aislados y después con un pogo que fue creciendo a medida que la banda encontraba el punto justo del show.

    En vivo, por cierto, suenan más ásperos que en los discos: las guitarras tienen más cuerpo, la batería empuja y las canciones pierden parte de esa prolijidad del estudio para ganar volumen y ese margen único que también forma parte de tocar frente a un público.
    “El Atrevido” fue uno de los momentos donde más se notó esa diferencia, con el bajo de Chicho sosteniendo la canción mientras las guitarras entraban y salían sobre ese ritmo insistente que, en vivo, se vuelve todavía más físico, porque demuestran que están ardiendo.

    Lo quiero mucho a ese muchacho, cortina conocida hace muchisimo de Piru, fue un descontrol. Al final, con mi amigo Moisés y un par de birras encima, seguimos juntos caminando por cerca del nuevo bar Madrid, comentando la noche y pensando en lo bien que la habíamos pasado.

    No hacía falta mucho más. Había sonado esa mínima distorsión, habíamos cantado, tomado unas birras y, por un rato, nos habíamos olvidado de todo lo demás.

    Fundamentalmente, eso es vivir aquí: pasarla bien con los amigos y volver a casa con la sensación de que la noche había valido la pena por ir detras del poderío musical que nos identifica.

    FOTO: CARO V.

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